París es luz. Movimiento. Alma. Caminar sus calles es como viajar en tiempo y espacio. Es colarse por rincones de historias. Sus ruidos suenan a magia. Es adentrarte a lo desconocido con ese acento francés que enamora. Es entender por qué es protagonista. El je ne sais quoi no es un invento. Son miradas. Frases sueltas. Aromas. Canciones de fondo, como si estuvieras andando por las páginas de un cuento de hadas.
París es presente, futuro, pero sobre todo nostalgia. La extrañaba antes de conocerla y la extrañaré siempre. París es el puente entre varias vidas. Es sueños infinitos. Es poesía. Es valiente. Es mágica. Es adentrarte a un mundo al que no perteneces, pero lo sientes en tu alma. Como si algún espacio de tu ser hubiera vivido allí toda la vida. Y quizá así fue. O tal vez algún cuento que leí de niña se grabó tan fuerte en mi subconsciente, que mi interior se atreve a sentirse un poco ‘parisina’.
París es soñar con regresar. Saber que en tu destino está escrito volver a andar por sus callejones infinitos. Volver a sentir con cada respiración cómo se vuelve un poco parte de ti. De tu historia. Como hubo un antes y un después. París es ilusión vestida de tus mejores recuerdos. Es arte que te reconstruye y te envuelve en sus mejores galas. París es volver a soñar. Es mirar la luna desde sus ventanas. El cielo de París es distinto. Porque en él habitan los deseos más profundos de todos los soñadores del mundo. Y quizás por eso es más gris, más grande. Un poco más infinito…”