Pienso que no fuimos diseñados para llevar nuestra vida al límite. Para dejar nuestra salud, en la puerta de la oficina. Creo que el café se bebe lento. Que las risas se entregan con calma. Los sueños deben ser grandes, cuando nacen del alma. No vinimos a impresionar a nadie. Vivimos para caminar descalzos en la playa. Creo que lo importante, muchas veces se pierde, con la prisa de las mañanas. Cuando coleccionamos más cosas que momentos, hemos perdido el camino. El alma no se llena con lo efímero. Pienso que la abundancia tiene más que ver con calidad que con cantidad. Creo que en el camino, nos equivocamos. Se nos enseño que estar ocupados es sinónimo de éxito. Pero confundimos aquello con lo que merece la pena ocupar nuestro tiempo. Si cerramos los ojos, han pasado mil años. Las oportunidades no vuelven. Todos crecen. Algunos se marchan. El carro se pone viejo y no vale nada. En la cartera, no cabe la familia. En la casa, se perdieron cada uno por su esquina. Si pausamos un segundo, y miramos de verdad, ahí está ahora, lo que importa en realidad. Los abrazos suaves, los “te amo” eternos. Las conversaciones a la hora de la comida. Luz tenue; juegos infinitos sentados en el piso. Casa imperfecta, llena de pendientes. Corazones alegres y presentes. No permitas que el “ruido” te robe la calma. Que las expectativas dicten tu mañana. Hoy es el “regalo” que nació, de la semilla de ayer. Siembra cada día lo que quieres ver florecer. Constante, sin pausa, pero tampoco quieras correr. La vida se saborea poco a poco. Sin apuros, sin carreras absurdas. Que al final, el espejo te dirá si valió la pena tanta prisa.